martes, 17 de abril de 2012

Diatriba contra Mourinho

El escritor mexicano Juan Villoro, una de las voces latinoamericanas más autorizadas para hablar sobre fútbol, cuenta por qué no soporta al entrenador del Real Madrid, José Mourinho.


Por Juan Villoro


José Mourinho pasará a la historia como alguien que no pudo jugar al fútbol. Le faltaron facultades para patear balones y decidió triunfar en forma sustituta, entrenando equipos. Exiliado del césped, no se preocupó por la forma de ganar trofeos. Su meta está en el marcador.

Aunque entrena equipos que a ratos juegan de maravilla, la estética es para él un accidente, un efecto secundario del que puede prescindir.

Sería ingenuo suponer que le ilusiona el juego. El fútbol le permite desplegar sus habilidades organizativas y conspiratorias, pero sobre todo, le ofrece impunidad. Mourinho es el sociópata más exitoso del mundo profesional contemporáneo. Puede encajar un dedo en el ojo de Tito Vilanova, técnico auxiliar del Barcelona, calumniar a sus colegas, injuriar al público, mentir ante las autoridades, faltarles el respeto a los jueces y salirse con la suya.

Es difícil imaginar otro oficio en el que un practicante de primera fila deshonre al gremio entero. Como el fútbol es distinto, el ogro portugués resulta muy rentable. Sus pataletas y salidas de tono renuevan las ilusiones de vencerlo.

En la dramaturgia futbolera, Mou es un convincente Lucifer. Su astucia saca de quicio a los periodistas. Incluso se da el lujo de ponerse simbólico. Para no acusar directamente a un árbitro de favorecer al Barcelona, dice que hay cosas que aparentan un color y son de otro: “Nunca he entendido por qué los Sugus de envoltura azul son amarillos”. Esta es su manera críptica de decir que adora el fútbol, pero odia que los árbitros den gato por liebre.

Ningún otro entrenador tiene una estrategia tan oportunista para torcer la justicia en su favor. Antes del partido, el doctor en paranoia ofrece estadísticas –obviamente parciales– de las faltas que no le han concedido los silbantes. Luego saca una alineación de cuchilleros, con Pepe en medio campo, y hace que los suyos jueguen al filo del reglamento. Ninguna de las faltas que cometen es de fractura, pero su reiteración puede ameritar tarjeta. Todo queda al criterio del hombre que jadea con un silbato en la boca. Si sanciona el antifútbol, Mourinho podrá quejarse de que fue perjudicado. En el infierno de la rueda de prensa, el diablo siempre juega de local.

En ocasiones incluso sigue al árbitro a su vestidor para gritarle: “¡Te gusta joder a los profesionales!”.

Salvo en el Oporto, en sus equipos la estrategia nunca ha sido tan impresionante como el fichaje de mercenarios. Mou no crea talentos; los compra de maravilla.

¿Y qué decir de sus arrebatos afectivos? Si muestra cariño por una mascota (como cuando recorrió Londres para recuperar a su perrito), lleva a su familia a un parque temático, llora en los tatuados brazos de Materazzi después de conquistar la Champions o reconoce que el contrario merecía el empate (como hizo en su último partido ante el Getafe), revela algo aún más dramático: el monstruo es humano. Esto lleva a un enigma superior: ¿por qué alguien obsesionado por rentabilizarlo todo no aprovecha la vida útil de su corazón?

Ciertas personas desagradan porque el ADN les diseñó unos párpados que aparentan suficiencia o unas cejas que simulan orgullo.

Mourinho desagrada como quien desempeña un oficio y tal vez un arte. Lo más engañoso en su biografía es su segundo apellido: Dos Santos.

Respaldado por sus triunfos con el Oporto, el Chelsea y el Inter, llegó a Madrid con un objetivo que no podrá cumplir: vencer al Barcelona.

Alzó una Copa y puede conquistar la Liga, pero ha sido incapaz de superar en la cancha a su acérrimo enemigo. Recibió un inolvidable 5-0 en el Camp Nou y ha sido vencido en los lances frente a frente. Para muchos merengues sería más importante golear al Barça que ganar la Liga. Eso no sucederá. ¡El madridismo pasa la noche en blanco!

Ganar es mucho, pero no es todo. El conservador estratega del Inter conduce ahora la aplanadora mecánica del Real Madrid. Triunfa sin deslumbrar. La época será recordada por lo bien que jugaba el Barcelona.

Mou abandonará la Casa Blanca del fútbol como abandonó sus empleos anteriores: sin arriesgarse a defender sus logros para no ponerlos en entredicho. “Vengo con mis virtudes y mis defectos”, anunció al llegar. Poco después hizo su perfil psicológico: “Soy antipático; solo me llevo bien con mi familia, mis amigos y mis jugadores”. La frase sugería que si los periodistas deseaban encontrar a alguien simpático, tocaran la puerta de Guardiola. Así transfirió a su adversario la responsabilidad de agradar a los demás.

Los logros y el salario (diez millones de euros anuales en tiempos de recesión) de José Mourinho dos Santos se discuten menos que sus declaraciones. Cuando pisó el pasto del Santiago Bernabéu dijo que parecía un “campo de patatas” y obligó a cambiarlo (la medida fue acertada: el Barcelona tardó en hacer lo mismo y Pedro se lesionó al caer en un hueco). Cuando le preguntaron por qué no alineaba al joven Pedro León, contestó: “Porque no obedeció las instrucciones. ¡No me hablen de él como si fuera Maradona o Zidane!”. Cuando el modesto Sporting cayó ante el Barcelona, acusó al entrenador de regalar el partido por incluir suplentes. Cuando le preguntaron qué opinaba de Pellegrini, su antecesor en el banquillo del Madrid, lo humilló de esta manera: “Ahora entrena al Málaga. Cuando yo me vaya del Madrid iré a un club grande en Inglaterra o Italia”.

El País le dedicó un editorial donde lo llama Perfectus Detritus, como el personaje de Asterix que protagoniza el episodio ‘La cizaña’. Esta severa descalificación del entrenador que siembra la discordia sin responsabilizarse de sus efectos y de Florentino Pérez, el directivo que lo respalda contra viento y marea, no tuvo consecuencia alguna.

La personalidad de Mourinho desafía a los psicólogos. ¿Hay alguien capaz de armar su Rubik’s Cube mental? Estamos ante el intrincado villano que los rivales aman odiar, el antihéroe que silenció y despidió a Valdano, el zar de la incorrección política.

Modifiquemos la pregunta: ¿Qué tan primitivo es el fútbol? En una actividad que produce millones para que la gente injurie en las tribunas, la educación es signo de debilidad. Cuando un jugador se prepara para tirar un córner a unos metros de las tribunas, recibe escupitajos e ignominias. En el pecho lleva un anuncio que puede ser de Burger King. Mourinho es un troglodita de diseño para ese ámbito de la provocación y el consumo.

Los cronistas solemos agregarle virtudes a la realidad. Mou ofrece un baño de realidad. El fútbol huele a lodo y a dinero.

La única virtud moral que aún puede reclamar el portugués es la de ejercer el oprobio para que se entienda por contraste lo que es el bien. En su novela La ceremonia de la traición, Mario Brelich lanza una inquietante conjetura: Judas sabía que su traición era necesaria para realzar la imagen de Jesús. A cambio de 30 monedas –cifra ridícula incluso en una época sin fútbol profesional–, aceptó el descrédito, fue, definitivamente, el infame. Judas aparece en esta lectura como un villano voluntario, un mártir de segunda potencia.

¿El apellido Dos Santos alude a esa duplicidad? El método Mou de ser Judas es distinto: explota con brillantez lo peor del fútbol (el primitivismo, la supremacía del dinero, la competitividad afrentosa). Su éxito define nuestra época: Judas firma autógrafos.

Para perfeccionar su maleficio, Mourinho no concede la revancha. Sabe que los ciclos ganadores del fútbol duran de dos a tres años. Una vez en la cima, planea su huida. Es como Deep Blue, la computadora de ajedrez diseñada por IBM. Kasparov la enfrentó, mostrando la muy humana capacidad de fallar por nervios. Cuando pidió un segundo encuentro, la máquina fue archivada en un sótano. Las corporaciones y los robots no ofrecen otra oportunidad.

Después de ganar la Champions con el Inter, José Mourinho no fue al festejo. Prefirió negociar su siguiente contrato con el Real Madrid. Así confirmó que le interesa obtener recompensas, no defenderlas.

El fútbol es suficientemente impuro para permitir el triunfo de alguien que no se interesa en jugar al fútbol.

Publicado originalmente en Soho